
INICIO / ARTÍCULO PRINCIPAL
Cuando en la década de 1960 los equipos informáticos (léase computadores) desembarcaron en el campo de la educación, pocos imaginaron que las técnicas que en principio permitieron procesar complejos volúmenes de datos a gran velocidad, decantarían en promesas de automatización de casi cualquier actividad humana, incluidas aquellas del orden pedagógico y didáctico, ocasionando una discusión y práctica permanente de lo que hasta hace poco se entendía como Integración pedagógica de las Tecnologías de la Información y la Comunicación, y que hoy se desplaza hacia Transformación digital. Decir hasta hace poco parece impreciso, pues el nuevo concepto se emplea desde finales de los noventa en entornos empresariales que buscaron de manera temprana alinear el uso de la tecnología con sus objetivos organizacionales y la obtención de resultados más eficientes en términos de crecimiento económico
En años recientes, especialmente tras la pandemia del COVID-19 y el ingente incremento en la inversión en Tecnologías de la Información por parte de las instituciones educativas en Latinoamérica (por efecto de la emergencia, en 2022 la región se ubicó como tercera en el mundo, según un informe de la consultora de mercado e investigación International Data Corporation, IDC), la referencia a la Transformación digital adquirió el vuelo necesario para impactar la configuración de planes estratégicos al interior de las universidades, ocupando capítulos especiales en sus documentos de planificación e incluso un lugar central en la concepción del futuro institucional. Es el caso de la Universidad del Valle, que lo incorpora como uno de los siete escenarios de futuro y también desafíos del Plan Estratégico de Desarrollo 2025-2035, cuya visión a largo plazo espera ajustarse a la realidad continental y global del 2045.
|
¿Qué se entiende por Transformación digital?
De acuerdo con el profesor Oscar Galindo, colíder del Centro de Pensamiento de Transformación Digital fundado por la Arizona State University, la primera mención explícita al concepto de Transformación digital se hizo en el año 2003, en The digital transformation of traditional businesses, artículo publicado en la MIT Sloan Management Review. En el trabajo, un equipo de investigadores liderado por Angela Andal-Ancion se preguntó cuáles y qué tipo de empresas resultaban más beneficiadas a la hora de incorporar en su funcionamiento el uso de nuevas tecnologías de información, y qué modificaciones —especialmente en lo concerniente a las operaciones comerciales— ocasionaba dicha incorporación. Sin embargo, la mención no estuvo acompañada de una definición, que apareció un año después en Information Technology and the Good Life, un texto de Erik Stolterman y Anna Croon Fors, quienes extrajeron la discusión del plano empresarial para analizar cómo las tecnologías habían permeado “el mundo vital”, la cotidianidad y la experiencia estética de las personas y sus sociedades, acelerando con ello, las reflexiones sobre el sobre el uso irreflexivo de las TIC.
Y es que ya para 1997, Pierre Lévy observaba la formación de una cultura digital o una cibercultura, no como un fenómeno paralelo al de la cultura humana “material” —o no digital— concebido como un proyectil que llegaba a impactarla, sino como parte integral de ésta a través de los complejos socio-técnico-culturales, un tipo de sistemas configurados por la interacción entre los sujetos, la inteligencia colectiva y aquello que las personas hacen con la técnica y la tecnología. En estos sistemas, describe Lévy, se traducen los cambios constantes que la interacción humano-máquina provoca en doble vía sobre la experiencia humana, sus sistemas simbólicos y organizativos, y la misma tecnología. De tal forma, la transformación digital es percibida en un marco general como un fenómeno totalizante por el que las TIC suponen, como ha ocurrido con otras técnicas, una disrupción antropológica de gran calibre. Nótese que, por ejemplo, las ideas sobre transformación digital se incorporaron en el planteamiento de la Cuarta Revolución Industrial.
Ahora bien, vista en un marco más acotado como el de la educación, y de allí en el de la educación superior, la mentada transformación se entiende como un proceso continuo por el que las universidades adoptan un nuevo paradigma flexible, ágil, global y digital —tal como lo plantea el proyecto MetaRed conformado por IES de Latinoamérica y la península Ibérica— por el que sus ecosistemas internos (gobernanza, comunidad académica, operación e infraestructura) y externos (sociedad, medio ambiente y sistema económico) transitan cambios adaptativos e innovadores en respuesta a las demandas y necesidades del entorno inmediato y global.
En otras palabras: la transformación digital no es un asunto de actualización tecnológica o de digitalización de procesos, sino una inflexión histórica por la que cada institución desarrolla un proceso profundo y holístico de cambio cultural, pedagógico y organizacional, que le permite asumir los retos y oportunidades del siglo XXI, siguiendo la ruta trazada por la Asamblea de las Naciones Unidas en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS). Así, más que incorporar dispositivos o plataformas, la transformación implica repensar el cómo, el dónde y el para qué enseñar y aprender, con un enfoque centrado en las personas, la calidad académica, la inclusión social y la conservación de la vida en el planeta.
Madurez digital: la brújula de la transformación
Como es apenas esperable, el nivel de integración, adopción, desarrollo y uso de las TIC en las Instituciones de Educación Superior del mundo no es homogéneo. Mientras algunas universidades cuentan hoy con asistentes virtuales que apoyan el desarrollo de cualquiera de sus actividades institucionales, incluida, por ejemplo, la resolución temprana de problemas como la deserción estudiantil, como ocurre con el proyecto Éxito Estudiantil de la Ivy Tech Community College o el software Aible de la Nova Southeastern University, otras ni siquiera cuentan con una oferta de educación virtual o limitan el uso de sistemas informáticos al almacenamiento de datos de sus estudiantes, docentes y trabajadores
La marcada diferencia es medible, tanto para el conjunto como para cada institución, a través de indicadores de Madurez digital o la capacidad aprendida y no intuitiva de la universidad a responder a los cambios del entorno de manera apropiada. Dicha madurez es presentada en varios modelos como progresiva, utilizando diferentes escalas (a menudo en cuatro o cinco niveles), y acoge las distintas esferas del funcionamiento universitario: gobernanza, infraestructura, gestión del cambio, procesamiento de la información, capacitación de los estamentos de la comunidad universitaria, entre otros. Dos de estos modelos son el UDigital Madurez propuesto por MetaRED y el IDC MaturityScapede la Red Universitaria Nacional de Chile, REUNA, ambos pensados para que las instituciones de educación superior pasen de un momento de angustia digital caracterizado por tenues inversiones y estrategias de adopción a corto plazo y/o limitadas a procesos o proyectos puntuales, a un momento de determinación digital en el que la transformación es una omniexperiencia en la que la tecnología impregna todas las decisiones y acciones..
Por lo tanto, determinar el estado o el grado de madurez digital de una organización es imprescindible si lo que se busca es abrir el camino para su transformación. El más reciente diagnóstico situacional elaborado para el Plan Estratégico de la Universidad del Valle 2025-2035, informa un puntaje de 51.45 sobre una base de 100, de acuerdo con el modelo de medición planteado por el Centro de Investigación y Desarrollo en Tecnologías de la Información y las Comunicaciones de Colombia, CINTEL. De estos resultados se infiere que Univalle actúa actualmente como un explorador digital: un actor que ha superado la etapa de reticencia y ya cuenta con un conjunto de experiencias de éxito medianamente articuladas entre sí y sobre el que operan procesos importantes de gestión académica o administrativa, pero que aún debe documentar, estandarizar e integrar sus capacidades tecnológicas a todo nivel, para posteriormente estabilizar y garantizar la prestación continua de servicios soportados por tecnologías, es decir, para lograr ubicarse como un transformador digital. Una vez allí, el reto consecuente es el de alcanzar el estatus de disruptor digital, consolidándose, al menos regionalmente, como universidad líder y de vanguardia en la innovación educativo-tecnológica.
|
Cabe destacar que el puntaje reportado por la Universidad del Valle no dista del promedio nacional reportado por CINTEL para las empresas colombianas, mismo que se ubicó en un 51.5% en 2023. Así entonces, la situación de la universidad resulta prometedora siempre que cuente con una comunidad dispuesta a habilitar y consolidar las líneas, escenarios y proyectos que materialicen el más reciente Plan Estratégico, en el que de manera explícita se postula como objetivo el que Univalle lidere “en el suroccidente colombiano la adopción de la Inteligencia Artificial (IA) y las tecnologías avanzadas para mejorar la enseñanza-aprendizaje, la investigación, la extensión y la gestión administrativa”, comprendiendo que esta proyección es “una estrategia institucional esencial para mantener la competitividad, mejorar la calidad educativa y responder a las exigencias del entorno mediante una cultura de innovación, gestión del cambio y fortalecimiento de capacidades digitales donde se privilegie la vida, el pensamiento crítico, la innovación, la creatividad, el sentido humano, la inclusión y la excelencia académica” (Universidad del Valle, 2025: 101).
Como dependencia naturalmente destinada a contribuir y, por qué no, liderar el proceso de transformación digital de la Universidad, la Dirección de Nuevas Tecnologías y Educación Virtual, DINTEV, ha planteado seis líneas estratégicas que abordan: 1) la continuidad y fortalecimiento de la oferta de Educación virtual, desde la creación de los programas académicos hasta el soporte técnico y el acompañamiento a los estudiantes; 2) la adquisición de habilidades tecnológicas por parte de docentes y funcionarios a través de rutas formativas adaptativas, 3) el diseño de más y mejores recursos educativos digitales accesibles; 4) la administración cada vez más sofisticada de las plataformas LMS disponibles actualmente para ofrecer una experiencia de usuario avanzada; 5) la oferta de diversos espacios virtuales que faciliten el intercambio de conocimientos dentro y fuera de la universidad; y 6) la identificación de oportunidades que permitan tomar decisiones informadas y basadas en la evidencia. La puesta en marcha de estas líneas exige, por supuesto, la articulación con otras dependencias como la Oficina de Informática y Telecomunicaciones, OITEL —tal como ya se contempla en el diseño de algunos planes de trabajo—, así como con la Dirección de Autoevaluación y Calidad Académica, DACA, y las facultades, departamentos y escuelas de las que dependen los programas de pregrado y posgrado, y la oferta de formación continua
Entre las apuestas más interesantes se halla la consolidación de un Centro de Innovación y Vigilancia Tecnológica que permita rastrear y determinar qué tipo de software requiere adquirir la Universidad para dar respuesta a sus necesidades presentes y futuras, así como impulsar la creación de sistemas de información propios soportados y/o asistidos por IA, que faciliten la respuesta anticipada o temprana a los problemas regionales, estimulando la creatividad, la capacidad analítica y la colaboración interdisciplinaria de quienes hacen parte de la institución. Esto, junto a las rutas de formación adaptativas, abre las puertas a una reestructuración de las formas en que se conciben las actividades que cada actor de la universidad desempeña actualmente, con el fin no de reemplazar el quehacer humano, sino de potenciarlo para que de él derive un tipo de conocimiento puesto al servicio del bienestar social.